Larry Foust, el subcampeón

Larry Foust         Por Carlos M.

Hay gente que nace con suerte y gente que nace sin ella. Eso lo sabe todo el mundo, y los aficionados a la NBA más que nadie. Robert Horry es un ejemplo de los primeros. Si los más desafortunados de la liga formaran una asociación, su presidente honorífico debería ser Larry Foust, pívot que llegó a ser ocho veces “all star” en la década de los cincuenta y que ostenta el poético honor de haber disputado y perdido cinco finales con tres equipos diferentes.

Foust nació en 1928 y su estatura de 6 pies y nueve pulgadas le dio para jugar de alero alto e incluso de pívot intimidador en el baloncesto de mediados del siglo XX. En el campeonato escolar de Pennsylvania logró encestar la canasta que dio a su instituto el título, y poco después brilló durante cuatro años en la Universidad de LaSalle (Chicago). Pudo haberse quedado en la ciudad cuando los Chicago Stags le escogieron en quinto lugar en el Draft de 1950, pero la franquicia se disolvió y Larry terminó recalando en los Pistons de Fort Wayne, una pequeña ciudad del estado de Indiana.

De cualquier gran estrella se admira su regularidad, pero sobre todo un puñado de imágenes inolvidables en partidos decisivos. No hay más que recordar los 63 puntos de Jordan en el Boston Garden. Nada más opuesto a Foust, que era peculiar hasta para elegir sus actuaciones estelares. Su primer momento de gloria llegó el 22 de noviembre de 1950, cuando anotó la canasta decisiva en un partido que los Pistons ganaron a Minneapolis Lakers por 19-18, la anotación más baja en la historia de la NBA. Algunos ancianos de Nueva York aseguran que Larry Brown vio con diez años aquel partido y quedó enamorado para siempre de este deporte.

El caso es que Foust comenzó a hacerse un hueco entre los mejores hombres interiores de la liga y Fort Wayne consiguió hacer un equipo competitivo. En 1955 alcanzaron la final por primera vez. Su rival era Syracuse Nationals, una franquicia que, entrenada por el legendario Al Cervi, ya sabía lo que era ganar un campeonato. De aquel duelo también se recuerda que los Pistons tuvieron que jugar sus partidos como local en Indianapolis, porque su sede habitual fue ocupada durante aquellos días por un apasionante torneo de bolos. Eran otros tiempos en la NBA y en Estados Unidos. Pese a todo, aquella final resultó ser una de las más emocionantes de la historia.

Los dos primeros partidos se disputaron en Syracuse y terminaron a favor de los Nationals con tanteos ajustados. La serie viajó a Indianapolis y, en los tres siguientes encuentros, los Pistons lograron dar la vuelta a la eliminatoria y situarse con un 3-2 a favor. Quedaban dos partidos en Syracuse y la situación parecía favorable a los de Indiana. En el sexto choque los Nationals lograron llevar la final al séptimo partido y contar con el “factor cancha” a favor.

Los Pistons jugaron el partido decisivo sin dar muestras de desilusión por haber dejado escapar la primera oportunidad. Todo el mundo dio por hecho que el anillo sería suyo cuando, poco antes del descanso, alcanzó una ventaja de 17 puntos. Un año antes el título hubiera sido suyo sin discusión, pero aquella temporada se había puesto en marcha la regla de los 24 segundos y Syracuse pudo remontar en la segunda mitad.

A falta de 12 segundos, los Nationals se pusieron un punto arriba (92-91) gracias a dos tiros libres. La jugada de los Pistons estaba clara: buscar a Larry Foust. Sin embargo, el base Andy Phillip perdió el balón pocos segundos antes de que sonase la bocina y el campeonato fue para Syracuse.

Desde entonces se ha especulado mucho sobre la implicación de jugadores de los Pistons en el negocio de las apuestas, que supuestamente les habría proporcionado ganancias millonarias tras dejarse ganar en el partido decisivo. De cualquier manera, Foust terminó la temporada en el quinteto ideal de la liga y con un meritorio subcampeonato.

Fue la derrota más dramática en su carrera, pero un año después llegó otra final con los Pistons, que cayeron derrotados frente a Philadelphia Warriors por un contundente 4-1.

Foust hizo valer su condición de estrella de la liga para fichar por una de las franquicias ganadoras. En 1957 llegó a los Minneapolis Lakers, que poco antes habían perdido a su pívot titular, el demoledor George Mikan. El primer año no fue bueno, pero en 1959 alcanzaron la final. Fue el primer duelo Lakers-Boston de la historia y aquellos Celtics entrenados por Red Auerbach eran mucho equipo. El resultado fue una nueva derrota para Foust, esta vez por 4-0.

Ya pasados los 30 y consolidado como una estrella fichó por otro de los equipos más potentes de mediados de siglo, Saint Louis Hawks, con el que tuvo tiempo de alcanzar las finales de 1960 y 1961, en ambos casos frente a los Celtics. Sucedió lo que tenía que suceder. Perdió por 4-3 y 4-1 y, un año después, en 1962, anunció su retirada a los 33 años.

Larry Foust murió el 28 de octubre de 1984 sin entrar nunca en el Salón de la Fama y sin ningún anillo, a pesar de lograr más de 11.000 puntos y 8.000 rebotes. Tampoco llegó a tiempo de ver a sus Pistons ganar en 1989 y 1990 los dos primeros anillos de la franquicia. Su historia me hace detestar aún más a gente como Robert Horry.

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